Reflexionando sobre el Duelo. 

Parte III. Te acompaño en el sentimiento. 

 

Puede ser dicha como un salmo, una frase hecha o un una forma de quedar bien en un funeral de alguien que nos importa más bien poco, pero el valor emocional de esta frase que los hispano parlantes usamos ante el dolor de otra persona que ha sufrido una pérdida es indudable.

 Te acompaño porque voy contigo de la mano, a tu lado, soy tu refugio en estos momentos de inmensa pena y dolor, voy junto a ti en tu sentir por lo que has perdido y tanto añoras. Yo también siento esa pérdida como mía, porque también me duele su muerte o partida, porque me duele tu dolor  o simplemente porque ver a alguien sufrir nos pone en sintonía con nuestra especie. Humanismo que comparte el terror de la muerte y la aflicción por los que ya no están aquí. Como tan brillantemente escribió John Donne (1572-1631):

“Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.”

Una de las mejores maneras que tenemos los seres humanos de atravesar un duelo es hacerlo junto a los nuestros. Allegados, familiares y amigos que nos llaman a ver qué tal hemos dormido esta noche, amigos que hacen por nosotros los odiosos trámites legales ante una muerte, nos traen táperes con comida decente o nos convencen para salir a dar un paseo tras días encerrados en casa. Personas que llegan después a veces de años sin saber de ellas, que estuvieron, están y estarán siempre con nosotros.

Estas son las verdaderas CON-DOLENCIAS, dolerse juntos, com-partir el dolor que pesa demasiado. Hoy esto se hace difícil por la distancia social durante la pandemia: la imposibilidad del contacto físico, no poder viajar para estar con el deudo, no poder acompañar físicamente a los moribundos. Los funerales y demás ritos han sido pospuestos, las tecnologías han ayudado algo, pero el abrazo y el beso han sido tristemente postergados. Estos ritos que significan el comienzo del camino del duelo, que han sido realizados por el ser humano desde nuestros ancestros, en el 2020 no han podido acontecer, veremos las consecuencias a corto-medio plazo.

DUELOS SISTÉMICOS

No hay duelo (ni nada) solitario. Puedes estar solo porque ya no te quede nadie en la vida, pero vivirás en un lugar y en un barrio determinado, en un país concreto y en un momento de la historia. Y todo esto cuenta a la hora de elaborar un duelo. Los duelos son sistémicos y aunque dependen en gran medida de nuestros propios recursos, no será lo mismo si vives en un pueblo donde todos irán a llorar a tu muerto, que en una gran ciudad donde tu vecino no sabe que ha muerto tu hermano. No es lo mismo llorar a un amigo en casa que en una residencia donde todo el rato muere gente, y si encima es el año 2020, todo el rato muere gente SOLA. No es lo mismo tener que ir a trabajar aunque tu padre haya muerto porque si no tus hijos no comen, que poder tomarte unos días de descanso. No es lo mismo un duelo en España que uno en Moria.

Y ya no solo dependen del lugar o fecha, sino también de si tu duelo está permitido, porque a veces la sociedad no permite que nos pongamos tristes (abortos clandestinos, muertos del bando perdedor, muerte de un amante, suicidio, fallecimiento por negligencia, muertes “avergonzantes”)  o lo que es peor, no permite que nos produzca alivio (muerte de alguien que ha sufrido demasiado tiempo, muerte deseada de alguien que te ha maltratado).

Hace tiempo un señor murió en el pueblo de mi tía, ella al encontrarse con el hijo le dio el pésame, a lo que él contesto: “mi padre era un hijo de puta que pegaba una palizas de muerte a mi madre”. A este señor el cuarto mandamiento no le había cegado de la maldad de su padre.

¿QUÉ NOS PROTEGE DE UN DUELO? 

Tener allegados durante nuestro duelo, personas que nos acompañen en el sentimiento nos protege en parte un duelo complicado. También lo hace tener vínculos íntimos, que serán los que nos consuelen ante nuestro dolor.

Haber tenido lazos fuertes en nuestra infancia es también un gran protector ante el duelo, pues si de pequeños tuvimos sostén aprendimos a ser sostenidos, y nuestros duelos aunque nos revoquen a duelos antiguos, si estos fueron tramitados junto a otros que nos consolaron, tendremos más posibilidades de superar los actuales.

Me dueles ahí donde duelen las cosas primeras, aquellos dolores que son demasiado nuestros para renunciar a ellos y lo contrarresto con recuerdos e imágenes de mi niñez, donde me sentí reconfortado y protegido por mis primeros amores de infancia.

Un trabajo que nos guste, dedicar tiempo a nuestras aficiones, leer, cultivarse, cocinar, pasar tiempo tratando de disfrutar. Parece obviedades, pero la amistad, unos buenos referentes en la infancia, duelos pasados elaborados, el autocuidado del cuerpo y el alma son factores protectores ante un duelo.

También nos protege una sociedad que permita que la gente se ponga triste sin tildara de depresiva, dando a los deudos el tiempo que precisen para seguir adelante. Leyes que dignifiquen la muerte para no alargarla dejando familiares totalmente exhaustos, que se cubran los costes de los entierros a quien no puede pagarlos. Gobernantes que cuiden a los sanitarios que viven la muerte a diario sintiéndose impotentes y desesperados, una Europa que no permita enterrar a diario ahogados en el Mediterráneo.

Nos dolemos juntos en nuestro círculo más íntimo pero también lo hacemos en sociedad, y ésta a veces se vuelve en contra de nuestro sufrimiento considerándolo exagerado, demasiado largo, impropio, inmoral u absurdo.

Si te duele busca a quien te acompañe en el sentimiento sin juicios, será quien mejor pueda aliviar tu dolor.