Basta con mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta de la fragilidad de los vínculos actuales. Mónica, una mujer de 23 años que llevaba dos años en pareja hasta hace un mes, se ha descargado Tinder y ya ha quedado con tres personas distintas; necesitaba nuevos estímulos, algo diferente que le hiciera salir de la rutina, y salió a buscarlo afuera.
Esto resulta aparentemente sencillo teniendo en cuenta el infinito mundo de posibilidades que nos ofrecen las redes sociales: un match en Tinder o un like en una historia de Instagram pueden ser los inicios de un nuevo amor, o al menos de un nuevo entretenimiento.
“Ya no hay amores como los de antes”, escucho decir a mi abuela mientras ve en la televisión la última ruptura conocida entre famosos. Nunca he sido muy fan de esa frase, porque sé que antes se soportaban muchas cosas por miedo, costumbre o porque se mantenía la creencia de que el primer amor debía ser eterno y mantenerse a toda costa. Pero coincido con ella en que cada vez parece más sencillo deshacerse de aquello que no nos cuadra del todo en un mundo dirigido por la inmediatez, la superficialidad y la sobreexigencia emocional.
El concepto de amor líquido
Zygmunt Bauman, sociólogo polaco del siglo XX, daba vida a este término con el fin de analizar las nuevas dinámicas relacionales que se llevan a cabo en la época de la posmodernidad. La falta de solidez y la tendencia a la fugacidad y la superficialidad son algunas de las características que, según el autor, nos llevan a vivir amores cada vez más pasajeros.
En su libro Amor líquido: acerca de la fragilidad de los vínculos humanos (2003), Bauman utiliza la metáfora de la liquidez para describir lo que él considera como vínculos frágiles y superficiales, comparándolos con las relaciones fuertes y duraderas de tiempos anteriores. El autor pone el foco en los sistemas a través de los cuales se desarrollan las sociedades capitalistas, considerando que éstas potencian el individualismo, lo que puede llevar a la percepción de que las relaciones sólidas dificultan la autonomía y pasan a ser una carga para nuestra libertad.
Según Bauman, la definición tradicional del amor, ese hasta que la muerte nos separe, ha pasado de moda gracias a un cambio de pensamiento y estructura, pero esta transformación nos conduce inevitablemente a bajar nuestros criterios y categorizar experiencias más bien mediocres bajo el nombre de amor.
“La súbita abundancia y aparente disponibilidad de experiencias amorosas puede alimentar la convicción de que el amor es una habilidad que se aprende. Creemos que las habilidades amatorias crecen inevitablemente a medida que acumulamos experiencias; que el próximo amor que venga será una experiencia más estimulante que la anterior, pero menos apasionante o excitante que la que la seguirá después. Pero esto no es más que otra falsa ilusión”, reflexiona en sus páginas.

Amor difícil, reemplazo sencillo
El consumismo rápido y fácil que vivimos en nuestros días se traslada a las relaciones interpersonales, y con la amplísima oferta de oportunidades que parecen ofrecer las redes sociales y aplicaciones de citas, hemos pasado a ser percibidos como monedas de cambio en lugar de tesoros irremplazables.
Según Bauman, ya no buscamos relaciones, sino conexiones ligeras y superficiales que se puedan suprimir en cualquier momento. El amor verdadero es ahora percibido como opresor, en vez de como un ancla que nos permita sujetarnos a algo estable en este mundo de exigencias.
El estudio La gestión de la intimidad en la sociedad de la información y el conocimiento. Parejas y rupturas en la España actual (2018), elaborado por sociólogos de la Universidad de Málaga en colaboración con la fundación BBVA, se ha encargado de descubrir cómo se relacionan las parejas españolas en esta nueva realidad. Los resultados muestran que cada vez se aceptan más las relaciones basadas en la pluralidad, además de incidir en que las nuevas tecnologías y valores sociales han dado lugar a “una amplia diversidad de relaciones afectivo-sexuales que afectan a los proyectos estables de pareja”.
Se observa además un auge y normalización de las rupturas por motivos emocionales, así como un gran cambio en la manera de crear vínculos: el proceso de conquista y noviazgo ha pasado a estar marcado por lo que denominan como “individualismo afectivo”, basado en la importancia de acumular experiencias sexuales, centralizar nuestras emociones y dejarnos llevar por las infinitas opciones que nos ofrecen las nuevas tecnologías.
¿Por qué nos atrae lo volátil?
Lo líquido está de moda en casi todos los aspectos de la vida moderna: si un vídeo de Tik Tok no me entretiene en los primeros segundos, paso rápido al siguiente. Si no me siento cómodo a los dos días de empezar una nueva actividad, la dejo de lado y empiezo otra que me resulte más sencilla. Si no me encaja del todo una persona, dejo de escribirle, hago un par de match en Tinder y empiezo una nueva historia. Estas acciones pueden interpretarse como una simple necesidad de obtener dopamina, pero también muestran carencias profundamente arraigadas en nuestro sistema nervioso.
Adriana Andrade, psicóloga especializada en duelo y conflictos de pareja, relaciona esta nueva corriente con una falta grave de ética. “Las relaciones que se forman a través de una pantalla, saltar de un perfil a otro y sobre todo no sentir a la pareja físicamente, crean una percepción de las personas en 2D y nos convierten en objetos de mercado. En las apps de citas nos cuidamos de saber quién es el otro y dejamos ver sólo lo superficial, lo que queremos transmitir”.
Esta nueva forma de relacionarse puede parecer jugosa y atractiva, pero tras ella se esconde un fuerte sentimiento: el miedo. “La gente joven (y no tan joven) está muy rota; muchas veces buscamos un ideal de amor pleno que no existe, y nos frustramos. Es ahí cuando aparece el miedo a relacionarse y comprometerse desde la plenitud, lo que nos lleva a huir de relaciones sólidas y buscar algo más volátil que no pueda hacernos daño”, comenta la experta.
No hay vida sin amor sincero
Las conexiones superficiales y la falta de un afecto físico genuino también pueden tener consecuencias en nuestro desarrollo emocional.
A lo largo de la historia se han registrado múltiples experimentos en los que se privaba a bebés recién nacidos de contacto físico y afecto para observar posibles alteraciones en su desarrollo, siendo el de René Spitz (médico y psicoanalista) el más famoso. El resultado siempre era el mismo: aunque las necesidades básicas de alimentación e higiene se mantenían perfectamente cubiertas, la falta de amor y afecto provocaban en los bebés serios deterioros cognitivos, y en muchos casos hasta la muerte.
“Desde el inicio de los tiempos, el cuerpo necesita afecto del otro de una manera profunda y real, y sentir el contacto físico de una persona que realmente apreciemos es esencial. Teniendo en cuenta esta realidad, a veces siento que este nuevo amor líquido es como no querer ser humanos”, reflexiona Andrade.

La paradoja de la elección
Las causas del desarrollo de una sociedad líquida que busca el amor en tiempos de Tinder se entienden mejor conociendo la famosa paradoja de la elección, un concepto del psicólogo Barry Schwartz que sugiere que cuantas más opciones tenemos, más complicado resulta tomar una decisión.
Este término cobra sentido si lo extrapolamos al concepto de amor líquido, que como ya he indicado, viene condicionado por las infinitas opciones que parecen ofrecer las redes sociales y apps de citas. Tal y como se explica en un artículo de la web The Decision Lab, el uso compulsivo de estas aplicaciones dificulta la elección, lo que puede derivar en una menor propensión al compromiso y una mayor resistencia a dedicar tiempo y esfuerzo por conocer verdaderamente a alguien.
Según un usuario de Internet, “la aparentemente infinita oferta de opciones me permitió despreocuparme, distanciarme, tratar a las personas como artículos en un carrito de compras en línea… como resultado, me sentí profundamente insatisfecho con todo ello”.
La liquidez en pandemia
Es indiscutible: la pandemia de Covid-19, que comenzó hace ya más de cinco años, tergiversó por completo nuestra forma de ver el mundo y de relacionarnos con los demás.
Se prohibieron los besos, los abrazos, el afecto y la proximidad incluso con nuestros seres más cercanos. Recuerdo ver un post en el que se daban instrucciones sobre cómo tener un sexo seguro: con mascarilla y realizando posturas que mantuviesen la distancia preventiva entre caras. Imaginarlo ahora parece hasta un chiste, pero fue nuestra realidad durante varios años, y nos dejó secuelas psicológicas importantes.
Adriana Andrade interpreta la pandemia como un gran detonante del pánico a ser vistos, cuestión que afectó principalmente a los adolescentes. “Los chicos crecieron sin verse la cara, incluso con miedo y complejo, evitando quitarse la mascarilla. Aunque a nosotros nos pudiera parecer poco tiempo, para un adolescente en pleno desarrollo esos dos años de restricciones resultaron en una eternidad”, analiza.
Tiene sentido entonces asociar el auge del amor volátil con el hábito aprendido de escondernos tras una pantalla, llenar nuestras fotos de filtros y preferir un contacto virtual a un encuentro fortuito. Para César Vargas, autor del artículo El amor en tiempos de pandemia: de la conexión a la relación, existen nuevas facetas del amor que derivan de esta etapa.
La distancia física que derivó en distancia emocional, los amores ‘orbitantes’ (a mí me gusta llamarlos amores a medias), el amor con filtros y la búsqueda desesperada de conexión son algunas de las nuevas dinámicas que, según Vargas, llegaron para quedarse: “Entender cómo ha cambiado un sentimiento tan humano como el amor, nos ayudará a entender mejor cómo están cambiando las personas y en su conjunto, la sociedad”.

¿Es inevitable vivir amores líquidos?
Puede que este artículo tenga un deje pesimista para aquellos que desean encontrar el amor verdadero en un mundo de ‘usar y tirar’, pero aunque el desarrollo de esta nueva realidad es indiscutible, aún existe la posibilidad de encontrar a alguien que comparta tus valores. Si tú existes y amas bien, ¿por qué no iba a haber más personas como tú?
Andrade, en nuestra charla, me lo dejó claro: se necesita una revolución conjunta para lograr un cambio, o al menos controlar este fenómeno. “El amor líquido no me parece malo en su totalidad, de hecho es algo revolucionario, pero también hace daño. Si esto fuera un goce continuo que todo el mundo disfrutara estaría bien, pero la realidad es muy distinta”, reflexiona.
Y, concluye: “En vez de ver al otro como un mundo aparte que pueda invadir el mío y saltar rápidamente a otra persona, deberíamos pensar en el universo que podríamos crear juntos, aunque esto resulte en algo incómodo y riesgoso”. No todos se atreven, está claro. Pero apostar por la autenticidad en medio del caos es un distintivo de mucho valor.




