La respuesta a por qué dejan de comer las mujeres aún es un enigma. Enigma que trata de responderse desde múltiples miradas como la antropológica: cuándo, cómo y por qué han ayunado las mujeres durante la historia.

Por siglos las mujeres han inscrito en sus cuerpos aquello que no se les permitía decir con su voz. Las mujeres cuando no tienen otra forma de expresar su subjetividad usan el cuerpo, desposeídas de otro instrumento para transgredir las normas de una época, las mujeres han utilizado y utilizan su cuerpo como el único espacio de batalla posible.

El cuerpo como pancarta de los derechos que se han negado a las mujeres, el alimento como elemento de poder: en mi limitada libertad de vivir al menos elijo qué entra y qué no entra en mi boca, parecieran decir las anoréxicas. Mi cuerpo es mi  fortaleza, último bastión contra lo impuesto.

Un ejemplo paradigmático de una “locura por la  flacura”  ocurrió con las denominadas  santas anorexias aparecidas en la Edad Media que traían de cabeza a sus propios confesores asustados por su  extrema delgadez.

¿En qué podrían asemejarse aquellas santas anoréxicas del medievo a las chicas de hoy que también dejan de comer? ¿Rechazaban lo mismo  aquellas chicas internadas en conventos como las que ahora se internan en hospitales al borde de la muerte con treinta  kilos de piel y huesos?

Hay dos variables que se repiten hoy y hace quinientos años: son MUJERES y son ADOLESCENTES.

Rudolph M.Bell en su libro “Holy Anorexia” ( 1985) describe exhaustivamente vidas de monjas en tiempos medievales que dedicaron su vida a Cristo: ayunaban, se desnutrían y automutilaban negando cualquier tipo de deseo. Dejar de comer como rechazo a la carne, a la tentación, a cualquier instinto “animal del cuerpo” que pueda alejar a estas chicas  del pecado. El hambre como martirio, sacrificio y entrega.

Las monjas rechazaban la carne, la gula, el pecado, EL SEXO.  Si miramos las historias de estas chicas podemos ver a casi niñas obligadas a casarse con hombres que no conocían, mayores que ellas, hombres no elegidos. ¿Por qué no entonces elegir el convento?  La vida mística deparaba para muchas de ellas menos sinsabores que el matrimonio.

¿Y las chicas de ahora? ¿Dejan de comer para evitar la mirada masculina? ¿ayunan para no ser hipersexulizadas demasiado pronto? ¿Para no ser pornificadas, cosificadas, convertidas en meros objetos? ¿Dejar de comer para alejarse del cuerpo de mujer sexuado, para tener un cuerpo aún de niña sin la presión de tener que responder como una mujer adulta a las etiquetas de género?  No son pocas las chicas que se hacen vegetarianas al entrar a la adolescencia, la idea de que lo hacen por una dieta equilibrada a veces se queda corta para explicar por qué esta obsesión por la comida sana. ¿Por qué esta evitación de comer literalmente carne? ¿Cuál es el motivo de ese ceñudo interés por alejarse de lo que sangra, lo carnal, lo pecaminoso? Hago paréntesis: uno de los síntomas de la anorexia es la retirada de la menarquia. Dejan de sangrar.

¿Qué consiguen las chicas dejando de comer? ¿Sólo rechazo? ¿ no hay una recompensa  por ser tan sacrificadas, tan delgadas, tan necesitadoras de nada? La soberbia y la altivez parece ser el premio por alimentarse de nada. El rechazo llevado al extremo. Purificación del alma que en el caso de las monjas les hacía levitar, delirar,  ver a Dios y ser amadas por él. La entrega recibe a cambio el atributo de la pureza.  Delgadez como oposición a la gordura en la que no se puede parar de comer, exceso de kilos como castigo por caer en la tentación (Eva mordió la manzana). Las chicas delgadas sin embargo tienen el premio de ser autoexigentes, saben decir que no, pueden no ceder a tentaciones mundanas. Tal es su sacrificio que ellas mismas se vuelven diosas de Instagram, de Tik-tok, de las redes plagadas de deidades tristes pero flaquitas. Y deliran de una grandeza que en la intimidad las hace chiquitas. Ya lo dijo Kerouak:  “Prefiero ser delgado que famoso”.