Reflexionando sobre el Duelo.

PARTE II. PROCURO OLVIDARTE.

El doctor Juan David Nasio  relata en su libro “El dolor de amar” el caso de Clemence, una paciente de 38 años deseosa de ser madre. Tras varios intentos fallidos al fin, Clemence queda embarazada, noticia que celebra junto con su terapeuta. Tras el parto llama a su analista y le comunica que ha nacido Laurence, un hermoso varón. Sin embargo tres días más tarde, ella le telefonea con una horrible noticia: “perdí a mi bebé, murió esta mañana en la clínica” a lo que su doctor solo atina a responder “No puede ser ¡Es absurdo!”.  

Tras algunos meses y pensando que nunca volvería a verla tras la pérdida, Clemence regresa a su consulta. El doctor, ante el dolor de su paciente y sus pensamientos de creer que se está volviendo loca, hace la siguiente observación “Sabemos que el estado de dolor extremo por el que pasa la persona en duelo, esa mezcla de vaciamiento del yo y de tetanización de un recuerdo, es la expresión de una defensa, de un sobresalto de vida. Sabemos también que ese dolor es la última batalla contra la locura. Sabemos que en el registro de los sentimientos humanos el dolor psíquico es, en efecto, el afecto último, la última crispación de un yo desesperado que se contrae para no hundirse en a nada”.

“Durante los primeros encuentros nuestro vínculo se limitaba a poder ser débiles juntos, la palabra me parecía inútil, solo me quedaba la posibilidad de hacerme eco de su llanto lacerante”. Relata Nasio.

Las sesiones fueron sucediéndose y Clemence fue comenzando su trabajo de duelo.  En una sesión determinante para su mejora, ella se queja de de los consejos que recibe de los demás “pronto volverás a estar embarazada, ya lo olvidarás, todo esto pasará”, consejos que a ella le parecen intolerables, pues la invitación al olvido de su hijo significa para ella suprimir por segunda vez a su hijo muerto. El doctor Nasio intervine diciendo”: ….si nace su segundo hijo,  el hermano o hermana de Laurence, entonces…” a lo que Clarence responde emocionada : “¡es la primera vez que oigo decir el hermano de Laurence, y siento como si me hubieran quitado un enorme peso de encima!”.

Esta escena refleja la idea del doctor Nasio sobre el duelo: “el dolor se apacigua si el doliente admite al fin que el amor por un nuevo elegido vivo nunca abolirá el amor por el que ya no está”. Pedir a Clemence que olvidara a su bebé era pedirle que se privara del único recurso necesario para curar la herida, sin embargo la imagen del ser querido debe dominar hasta que, gracias al proceso de duelo el doliente consiga que coexista el amor por el que ya no está y un amor semejante por un nuevo elegido”.

Es frecuente que con buenas intenciones,  se recomiende a las personas que han sufrido una perdida que lo olviden, que pasará, que ojalá el tiempo transcurra deprisa. Sin embargo el recuerdo doloroso de lo perdido es necesario para curar la herida, ese dolor, compartido con alguien sensible (como en el caso de Nasio) podrá iniciar la elaboración de un duelo.

FASES DEL DUELO

Jorge Tizón, psiquiatra especialista en duelo, describe diferentes fases por las que pasa un doliente que está procesando una  pérdida:

PRIMERA FASE DE IMPACTO Y CRISIS. 

Recuerdo en la muerte de un ser querido cómo el viudo andaba haciendo bromas a los niños que se encontraban en su casa tras el funeral. La persona que a la que más debería haber afectado la pérdida, parecía reír sin importarle nada. “En los primeros días de la muerte la persona vive un estado de shock y embotamiento afectivo que se acompaña de incredulidad, búsqueda y añoranza, angustia y somatizaciones varias” (Tizón, 2004). El tiempo que esto dure dependerá sobre todo de qué tipo de pérdida sea. El autor usa el acrónimo NASH es decir, muerte: natural, acidental, suicidio, homicidio, siendo las últimas muertes las que generan una intensidad de crisis mayor.

SEGUNDA FASE DE AFLICCIÓN Y TURBULENCIA AFECTIVA.

El doliente empieza a ver la pérdida como real, pero no se lo termina de creer . A veces el deudo interpreta señales o ruidos como presencias del muerto, pensando que le habla o manda mensajes. Es muy común que se presenten estas ilusiones: nuestro muerto nos acompaña, y más allá de asustarnos, estas apariciones suelen calmarnos ( mi muerto me guía). Esto no determina una situación patológica, es un rasgo típico que sobre todo, es común en las viudas (Bolwby, 1993).

En esta fase también aparecen afectos primitivos como la ira o el llanto. La cólera en el deudo al no poderse dirigir al muerto, podrá dirigirse hacia los otros o hacia uno mismo, y es normal en esta etapa . “La aflicción del adulto en el duelo tiene como resultado expresiones faciales como el grito y el llanto de un niño abandonado. Al igual que el bebé busca a su madre, el adulto a través del llanto y el grito busca de alguna manera recuperar al muerto.” (Charles Darwin). Ambos afectos son adaptativos y normales. Aunque la expresión de la ira no esté bien vista en nuestra sociedad, los gritos de rabia ante la pérdida no dejan de ser esfuerzos por recuperar lo perdido, lícitos ante el desgarro del alma provocado por la terrible pérdida. El llanto aunque más aceptado, muchas veces se intenta apagar por cuestiones de masculinidad y demás vainas. Sin embargo los beneficios del llanto son indiscutibles.

Otro afecto ya no tan primitivo que puede  aparece en esta fase del duelo será la culpa provocada por diferentes motivos: por no haber hecho lo suficiente, por no llorar la muerte, por tratar de olvidarlo. También aparecerán sentimientos de ansiedad, impotencia, soledad o sensaciones opuestas como la de alivio o libertad las cuales podrán causar otra vez culpa. Es común que el deudo avance y retroceda durante semanas o meses, lo que se espera es que haya más avances que retrocesos y los sentimientos vayan diferenciándose unos de otros (Tizón,2004).

TERCERA FASE DE PENA Y DESESPERANZA REVERSIBLES.

Esta fase suele ser la más larga para las personas en duelo. Predomina la culpa, la depresión y el temor, pues la tarea más difícil será darse cuenta de lo que ha ocurrido es irreversible. “Ante tanto sufrimiento y tan prolongado, la persona oscila entre atesorar los recuerdos acerca de lo perdido o bien olvidarse de ellos, dejar de pensar, disociarlos” (Tizón). Aquí será fundamental que la culpa y el temor disminuyan y el deudo pueda empezar a pensar en un futuro sin el otro. Aquí el autor defiende la necesidad de olvidar recordando, fundamental para la elaboración del duelo.

CUARTA FASE DE RECUPERACIÓN O DESAPEGO.

La culpa disminuye, y nos es posible recordar con menor sufrimiento (recuerdo que reconforta). Se espera predominen los sentimientos de esperanza y amor sobre los de odio o desconfianza, se podrán ir haciendo actividades sociales, la idea de no poder vivir sin la otra persona irá disminuyendo. Este proceso será también largo, y no estará ausente de sufrimiento, pero será más tolerable que en las etapas iniciales.

En contraposición a los intentos de que el duelo pase rápido y a la idea de que la muerte sea algo de lo que huir,  en vez de atiborrarnos de pastillas para no recordar que nos anulan,  es más interesante conocer el proceso del duelo y sus fases , que la sociedad sea capaz de “formarse”  en cómo se elabora un duelo, poder asumir como normales los sentimientos que se atraviesan:  el llanto y la ira son herramientas facilitadoras del duelo , sabemos que el dolor inmenso nos protege de la locura y el vacío, sentimientos como la culpa, la ansiedad o la apatía aparecerán en la mayoría de duelos, el olvido no debe imponerse sino que llegará recordando.

Por más que adore a Bambino y su excelente versión de Procuro Olvidarte, un hermoso canto al olvido desesperado:

“Procuro olvidarte, y hago en el día mil cosas distintas, procuro cansarme llegando a la noche apenas si vida(………)procuro alejarme de aquellos lugares donde nos quisimos….”

Me quedo con San Agustín y sus palabras de recuerdo que reconfortan:

“Llámame por el nombre que me has llamado siempre, háblame como me has hablado siempre. No lo hagas con un tono diferente, de manera solemne o triste. Sigue riéndote de lo que nos hacía reír juntos. Que se pronuncie mi nombre en casa como siempre lo ha sido, sin énfasis ninguno, sin rastro de sombra. El hilo no está cortado. ¿Por qué iba yo a estar fuera de tu mente, simplemente porque estoy fuera de tu vista?”.