Ante una situación de peligro del tipo nos persigue un león en la jungla, o una más actual, como ver a tu jefe viniendo hacia tu mesa con cara de mala hostia, nuestro cuerpo reacciona con signos que nos alertan de que algo no va bien. En el plano físico nos sudan las manos, el corazón late con fuerza y se nos seca la boca. En el plano cognitivo, nuestro cerebro empieza a buscar soluciones en su disco duro, comparando la situación actual con otras en las que tuvimos éxito como por ejemplo, salir corriendo ante el terror de ver un león que nos acecha, o descolgar el teléfono para fingir que hablamos con algún cliente importante, mientras escuchamos los pasos de nuestro jefe viniendo hacia nosotros. El proceso es complejo, y en él entran en juego tanto nuestros instintos y biología, como lo aprendido en nuestra experiencia vital.

La respuesta ante el peligro es el miedo, una respuesta adaptativa que nos ha hecho sobrevivir como especie por miles de años. Sin embargo, si el miedo no aparece o si aparece de forma excesiva, no saldremos corriendo y seremos devorados por el león o expulsados de nuestro trabajo con una patada en el trasero. La no respuesta a un peligro o la respuesta excesiva convierten una respuesta evolutiva en otras menos deseables. La ansiedad es el miedo al miedo, y es necesaria para nuestra supervivencia. Pero cuando el miedo es prolongado, convertimos una respuesta evolutiva en fallida, bien porque aparece ante estímulos que no deberían provocarnos miedo o bien porque aparece en exceso ante situaciones reales de peligro.

Uno de los factores clave de nuestra respuesta ante el miedo es lo que ocurre dentro de nuestro cerebro, los mecanismos que se activan ante el estímulo temido. El miedo visto al microscopio es un baile de bioquímica hormonal, donde la guapa de la fiesta, con la que todos quieren bailar agarraditos, es la oxitocina. La señora oxitocina se presenta en el baile con un bonito vestido, y es la responsable de inhibir el miedo donde este se origina, la amígdala, pero no haciéndolo desaparecer, si no manteniéndolo a raya eliminando sólo la respuesta paralizante ante el temor. Digamos que además de guapa, la oxitocina es inteligente y nos anima a entrar en el baile del miedo dándonos consejos al oído. Va contando los pasos y nos susurra el compás. Ten miedo pero actúa, todos nos miran pero tú sabrás hacerlo.

Sabemos que nuestra salvadora oxitocina también forma parte de la bioquímica del amor, del romántico y del filial. Es la responsable en parte de que seamos animales sociales, de que ante peligros y dificultades nos acerquemos a otros. Cuando se segrega, aumenta la sensación de confianza, afianza el vínculo entre la madre y el bebé en la lactancia y se dispara en el parto ayudando a las contracciones del útero permitiendo la salida del bebé. Además está presente en el orgasmo femenino y masculino, en el enamoramiento y en la amistad. La señora oxitocina es guapa, inteligente, amable y seductora; lleva un bonito vestido que además es corto y ajustado. Dan ganas de casarse con ella, rociarse de oxitocina antes de acudir al baile.

Pero nuestra señora no es perfecta. Estudios demuestran que está presente en la mentira cuando esta favorece al grupo (algo así como una post verdad biológica) y en la protección de los nuestros frente a los que no consideramos de nuestra tribu (¿racismo hormonal?). Cuidado en el baile con pisar a los demás.

La hormona del amor, del abrazo, de la amistad ha dado pie a miles de investigaciones, unas más científicas que otras. Su éxito es indudable, puedes comprar sprays de oxitocina en Amazon (qué cara dura) o collares y cuadros con su fórmula para regalar a tu pareja en San Valentín. Pero no olvidemos que también es en parte, la hormona de la guerra, de la mentira para el propio beneficio y del amor a veces malvado, cuando amar supone odiar a otros.

Aunque debamos tomar la biología como algo complejo que interactúa con otros factores, parecen buenas noticias que estemos “hechos” en parte, de una hormona que nos acerca a los nuestros ante el peligro, que nos reafirma como animales sociales y que nos ayuda a enfrentarnos al miedo sin evitarlo ni paralizarnos, si no manteniendo una alerta “sana” ante nuestros temores. De hecho, se ha planteado como un posible tratamiento para el autismo, la ansiedad, la depresión y el dolor crónico.

¿Oxitocina en vena? Sí, pero mezclada con altas dosis de tolerancia y respeto. A ver si el miedo nos va a hacer buscar respuestas sólo en los que piensan como nosotros y como consecuencia odiar a los que piensan distinto. Una hormona muy atractiva la señora oxitocina sí, aunque un poquito populista.

adriana.andradelosada@gmail.com

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