El padre de mi amigo Mauro siempre les contaba a él y a su hermano un bonito cuento sobre su pueblo de origen: Matelica. En este pueblito del este Italiano, situado en la provincia de Macerata, cada domingo sus habitantes cogen sus mochilas, petacas y bolsos y los llenan con todos sus problemas.

Paolo Bracci, alias Pappappero, mete su enfisema pulmonar, sus facturas devueltas y su preocupación por su hijo Angelo, “Gnoli”, en paro desde hace más de un año. Doña Rosa Antonini, “Pichessa”, dobla con cuidado sus penares por la enfermedad de su marido Alfredo Baldini, “Tirone”, quien añade a la maleta color marrón su angustia por ver al equipo local bajar inevitablemente a cuarta regional. Su sobrina Irma Antonini, “La Pelosa”, guarda en su riñonera de imitación de Dolce & Gabana las lágrimas derramadas durante la semana por Ivo Terenzi, “La Scienza”, el maestro de la escuela, por quien La Pelosa bebe los vientos y humedece diariamente sus mejillas por su amor no correspondido. Ivo está casado con María Bravetti, “Palle d’oro”, una guapa romana también maestra. La pareja de profesores llena su petaca de patucos y sábanas de hilo bordadas para el bebé que nunca llega, quizá por fin funcione el último pinchazo, ya no hay dinero para más intentos. Esperando que dos rayas aparezcan en el maldito Predictor, la joven pareja dobla con mesura el ajuar de su futuro vástago improbable. Anna, “Burzina”, hermana de Ivo, sí tiene un Predictor con dos rayas pero desea que solo una se hubiera dibujado, ese bebé tan deseado por su cuñada, nace equivocado en su vientre haciéndole daño. Angelo, “Gnoli”, sin trabajo y ella loca por viajar a Roma y olvidar este pueblo demasiado pequeño para sus grandes aspiraciones, que hoy se ahogan en color añil.

Cada uno de los habitantes del pueblo guarda sus problemas en sus diferentes contenedores: la maleta marrón de Doña Rosa Antonninni, la riñonera falsa de Irma, la petaca de Ivo y María, el bolso de tela de Anna, todos albergan por unas horas los temores, pesares y quebraderos de cabeza de los habitantes de Matelica. A las diez en punto la plaza comienza a llenarse con sus habitantes cargados de malestares, y uno a uno los van sacando a pasear, buscando con quién intercambiarlos. Maria habla con Doña Rosa, pero no quiere hacer trueque con ella, la edad es un tesoro que la bella romana aprecia demasiado. Doña Rosa conversa con Paolo, pero al escuchar su voz perdida en un hilo, decide no intercambiar su enfermedad por la de su marido. Alfredo al menos puede hablar y le dice cada mañana cosas preciosas. Alfredo habla con Ivo, tras discutir por la mala temporada del equipo local del cual son forofos, se animan a ir juntos al próximo partido donde se jugarán la bajada; un viaje a la capital merece la pena, aunque las apuestas estén cuatro a uno a favor del contrario. Anna e Irma son amigas y se consuelan la una a la otra, pero Anna no cambiaría por nada del mundo su amor por Angelo, mientras la dulce enamorada de Irma cada día escribe mejor sus cartas de desamor.

La plaza se va llenando de desdichas a la italiana, exageradas algunas, estoicamente llevadas otras, pero todas vueltas de nuevo a sus contenedores ya familiares a las dos en punto, hora en que el intercambio de problemas llega a su fin. No se ha conocido aún ningún habitante de Matelica que se haya llevado los problemas ajenos un domingo, pues como dice Paolo el Pappapero quien lleva miles de días del señor llenando y volviendo a llenar su cartera: “Non te lamentá tantu, senno va a la piazza a fa cambiu col i problema de quill’ ardri, e sicuru che rtori col i tua” (No te lamentes tanto, el domingo ve a la plaza a cambiar tus problemas con los de ellos, ten por seguro que retornarás con los tuyos propios)

Matellica es un pueblo real, y aunque Mauro y yo no hemos sido capaces de descubrir si lo descrito es una tradición que existió en su pueblo de origen, o simplemente es una leyenda preciosa, nos da igual. El mensaje es tan potente que qué importa si es o no verdad.

¿Se cambiaría usted por alguien? ¿Le gustaría ser otra persona distinta a quien es? ¿Cambiaría toda su vida por la de otro? Por ahora nadie me ha respondido que sí. Haga usted la prueba, mire a su alrededor. Quizá querría tener una casa más grande, más acogedora y en otro barrio diferente. Pero probablemente esté contento con la ciudad en la que vive, rescataría unos cuantos muebles de su casa, algunos recuerdos y muchas fotos. Un hombre chino que se hizo multimillonario, replicó la casa de sus padres de una aldea humilde en China en su nueva isla del Pacífico. Los recuerdos a veces son más poderosos que todos los lujos.

Ahora coja su teléfono móvil, entre en la agenda y uno por uno mire sus contactos. Tendrá unos cuantos que borraría por su insignificancia, su poco contacto o por una cierta animadversión. Pero seguro que rescata al menos diez que jamás borraría. Personas que si usted no hubiera conocido no sería tal como es ahora: amigos, familiares, compañeros, ex parejas, enemigos, jefes. Personas que han participado en su vida moldeándola hasta ser como es ahora. Si se cambia por otro, ninguno de ellos estaría más en su lista de contactos. Ahora entre en su galería de imágenes y busque las fotos del verano pasado. Igual lo hubiera alargado o lo hubiera pasado en Ibiza en vez de en Torrevieja, pero por nada del mundo cambiaría la sensación de libertad que tuvo cuando salió a navegar, la inmensa satisfacción que le invadió cuando por fin su hijo aprendió a nadar, o el gusto que aún le dura por aquel rodaballo exquisito. Este es un buen ejercicio para hacer una limpieza de ropa (al estilo Marie Kondo), de muebles o de relaciones nocivas que usted tiene, pero sobre todo es un ejercicio interesante para darse cuenta que a pesar de todo, tiene motivos propios a las que aferrarse. Es un ejercicio que supuestamente todos hacemos, pero la mayoría de las veces nos decimos a nosotros mismos: total, tampoco puedo cambiar mucho.

Sin embargo, los habitantes de Matelica no solo volvían a poner sus propios problemas en sus maletas por el mero hecho de la imposibilidad real de ser otro, lo hacían por otros dos motivos, cada cual más poderoso. El primero es que a pesar de ser problemas, son mis problemas. Es mi mierda y la mierda propia siempre huele menos que la ajena (debe ser porque llevamos oliéndola toda la vida). Por más desgracias que tengamos, por mucho que la vida nos golpee, las personas aprendemos de alguna manera a aceptarnos con nuestros errores, e incluso a amar nuestros defectos ¿Qué pasaría en el hipotético caso de que usted no se hubiera casado? No tendría a sus dos hijos ¿Cómo sería usted con unos centímetros de más y unos kilos de menos? Sería su tía María, la bizca. Así que como usted no está dispuesto a dejar de ser madre, ni quiere cambiar su metro cincuenta por un ojo mirando a Cuenca, se queda consigo misma y un poco de sobrepeso.

La segunda razón de los habitantes de nuestro pueblo es que al compartir los problemas con otros y escuchar los problemas ajenos, no sólo nos damos cuenta de que “mal de muchos consuelo de tontos”, si no que cuando esos problemas vuelven a nuestras mochilas no son iguales que cuando salieron. Pues al sacarlos, al ventilarlos de su escondite los verbalizamos y son trasformados por el simple motivo de soltarlos y compartirlos. En esto se basa la terapia de grupo, en poner nombre a nuestros malestares y escuchar los de los otros, de esta manera sacudimos el polvo de lo que nos angustia y ayudamos a barrer el polvo de las angustias ajenas. En Matelica nunca nadie se llevó los problemas de otros, pero sí hubo muchos casos de personas que al llegar a su casa se dieron cuenta que su mochila pesaba un poco menos. Los problemas aún estaban ahí, pero tras el ejercicio de salir a través de la cremallera abierta, habían adelgazado tanto que algunos se habían convertido en oportunidades o posibles soluciones. En Matelica hacían terapia de grupo antes de que se inventara.

Solo una cosa, una pequeña confesión. Antes dije que nadie me había dicho que sí a cambiarse por otro. Esto no es verdad. Hubo un hombre muy rico, famoso y supuestamente feliz que tras pensar en su respuesta un buen rato me contestó: “sí, me cambiaría por mi hijo de veinte años”. Claro, se quedaría en su ciudad, su vida cotidiana, su familia, pero siendo más joven. Así tendría más tiempo para poder disfrutar de su vida perfecta. Pero rápido rectificó y me dijo: “perdona no, creo que no me cambiaría por nadie. Mi hijo jamás vivirá un concierto de los Beatles”.