Miro arriba y abajo, el infinito se percibe fantaseado. En el cielo veo estrellas que brillan y parpadean, esta vez mi pestañeo evita el infinito, pero alcanzo a seguir viendo y veo hasta ver nada. Bajo la cabeza, observo mis pies y entro en el manto de la tierra, ese que dibujábamos en clase de geología. Lo atravieso y viajo al centro de la tierra sin quemarme, para eso se inventó la fantasía.

Fantasía de encontrar el origen miro arriba, miro abajo y cuando no hay más dónde mirar, sigue y sigue apareciéndose la vida. Fracasada miro adentro, quizás ahí sí encuentre la unidad, el primer ser, dios, lo único, aquello que no puede desmigarse más porque es la esencia, es y punto.

Vuelvo a fracasar, mis ojos humanos aún sin muletas, ven hasta donde llegan unos ojos de persona, ni más ni menos. Ojos de persona ven con ojos de persona. Mi juego favorito de pequeña era ser un animal, pero de verdad. No una niña que imita un animal, si no un elefante que habla elefante, ama en paquidermo y su mundo es el mundo de los elefantes. Un día conseguí ser casi un pingüino, mi animal favorito siempre. Era un pingüino hembra y un día mi concentración fue tal, que me deslicé por el hielo y bailé como jamás lo volví a hacer nunca. Fui pingüino por un rato y eso me lo llevo yo a la tumba.
Ahora quiero tener ojos de gacela, para poder mirar más allá y alcanzar a ese huidizo todo, que se escapa de los ojos humanos desde que preguntamos por él al principio de hace demasiado.

Como nos creímos muy listos, los humanos seguimos en el intento de atraparle o atraparlo. No sé cómo llamarla. Y en vez de ojos usamos manos. Construimos las lentes de aumento más grandes jamás soñadas, enormes telescopios que pusimos en desiertos y lugares estratégicos pero nada, él o ella o ello siguió sin dejarse ver. Así que otros decidieron hacer lo contrario: diminutas lentes para atrapar lo minúsculo, ver la gota de agua sobre la hoja como si fuera un tsunami, aumentemos lo imperceptible y así si al fin daremos con el huidizo.

Todo lo descubierto hasta ahora vive, subsiste o existe en compañía de un otro u otros que a su vez forman parte de un otro que a su vez pertenece a otro y a otro. Es inagotable y extenuante pensarlo, somos parte de sistemas y tratar de hallar el primero es una obsesión que define a nuestra especie. Físicos, astrónomos, filósofos, artistas. En las cavernas, en mitad del bombardeo, en el lecho, en el alumbramiento.

Durante su historia el hombre ha buscado siempre un significado a su absurda vida. Para ello se busca el origen, es muy lógico pensar que de esta manera podremos comprenderlo todo. El viaje a este conocimiento ha enriquecido al hombre con arte y sabiduría, siempre ha habido personas en todas las épocas de nuestra historia, que han aportado algo tan tremendamente bello y humano que han compensado las miserias y dolores.

El viaje hoy sigue, continúa silencioso en laboratorios y torres de visión, en habitaciones llenas de libros, en la pasión del científico y también en la devoción del creyente. Y ese viaje nos muestra una verdad (o mentira) innegable (o inexplicable) : no podemos ser uno, estamos hechos y somos en cuanto a que otros son ,y la mejor forma de definirnos como humanos es que pertenecemos a sistemas que nos sostienen y sostenemos. No soy sin los otros y los otros no son sin mí. Existimos porque un otro nos válida, la mirada del otro nos hace existir y viceversa.

Nuestro primer sistema necesario para vivir es nuestro cuerpo, plagado de sistemas, subsistemas, microsistemas y así hasta el infinito. Sin los llamados órganos vitales, nuestra existencia sería imposible. Necesitamos un corazón, un pulmón al menos, un hígado y un sinfín de etcéteras, y para que estos puedan ser creados, un esperma y un ovario que provienen de otros son necesarios, aún no se ha inventado el ser auto-creador. Si el señor esperma y la señora óvulo e se portan bien, si están al salir de nuestra primera cueva líquida y caliente y si están dispuestos a acogernos en sus sistemas propios, nuestro primer sistema social pasará a llamarse mamá y/o papá, o Eduardo y José Luis, qué más dan sus géneros o nombres, lo importante es que estén. Si no somos parte de un sistema externo al nacer, moriremos. Igual que moriremos si no incorporamos también del afuera el alimento, el oxígeno o el sol que nos calienta. No sirve con nacer con un cuerpo funcional, necesitamos a otro que lo alimente, y no solo con comida, sino también con afecto. Por eso la importancia de la familia, donde ocurren nuestras primeras veces de casi todo, por eso la necesidad de saber hasta qué punto nos afecta en nuestras vidas este primer complejo sistema que es nosotros y nosotros somos él.

Sistemas somos, sistemas complejos que se entrelazan y van creciendo durante la vida. Primero nuestros progenitores, enseguida los hermanos si los hay, los tíos, los abuelos los primos. Crecen nuestros sistemas en el colegio, igual que crecen nuestros cuerpos. Sistemas educativos, políticos, sociales, nuestro vencindario, nuestra ciudad, nuestro país y nuestro universo.

Hoy en día los sistemas que nos construyen y los que nosotros construimos son más amplios, lejanos, algunos jamás los tocaremos con las manos, muchos serán más influyentes en nuestras vidas de lo que fueron para nuestros antepasados. Redes sociales, Internet, trabajos, amigos de aquí y de allá. La complejidad del mundo que viene y ya ha llegado, requiere pertenecer a demasiados sistemas, requiere ser parte en demasiados lugares a la vez. De ahí el triunfo del individualismo en nuestros tiempos líquidos, no queremos ser afectados por demasiados frentes, mejor me quedo con mi sistema pequeño, rechazo el miedo a no poder alcanzar tanta pertenencia. Aprendo a que no me afecte, necesito no necesitar nada. Hace mucho frío ahí fuera, reduzco mis relaciones y las que tengo son superficiales y efímeras. No me comprometo, no corro el riesgo de sufrir, pienso en mí, en mí y solo en mí. Y no me llamen egoísta, señores, pero es la mejor manera de vivir en un mundo que cambia a una velocidad que ningún humano va a poder alcanzar. Decido apartarme de lo que me duele, y así al menos, no siento. Sin embargo esta elección, ¿no niega mi esencia? Esencia de pertenecer desde el origen, esencia de necesitar al otro para vivir.

El individualismo va en contra de nosotros mismos, pues jamás nadie ha conseguido vivir en soledad: ni el hombre más solitario ha estado solo ni un segundo. El amor, que no es otra cosa que lo que se experimenta con un otro significativo, implica dolor. Vivir es doloroso, y amar siempre duele. No en un sentido intencionado ni pérfido, si no en un sentido elemental de necesidad del contrario para existir. Lo llaman relaciones de dependencia, cuando la palabra relación lleva implícita la necesidad de la mirada del otro. El miedo a amar para no sufrir, es como el miedo a vivir para no morir, es negar nuestra única certeza humana, la de que todos comeremos polvo algún día. Dejemos de tener miedo a sufrir, pues entonces no viviremos una mierda. Solo preparémonos para pertenecer a aquellos sistemas que en la balanza nos den más alegrías que tristezas, más crecimiento que miserias, más amor que dolor.

Parece necesario cada vez más dar valor a otros sistemas, incluso darles la misma importancia que a la familia, sobre todo en el caso que ésta fuera un lugar donde la balanza siempre cayó del lado malo. Al fin y al cabo la familia no se elige, y aún siendo un buen lugar, también depende de otros sistemas.

Porque aunque es tu madre quien va a darte los primeros besos, esos besos serán más seguros y numerosos si mama está en tu vida, y hay veces que mamá no está y no porque no quiera, sino porque el mundo está estructurado para que ella tenga que trabajar doce horas para poder darte de comer. O papá será un referente tuyo y podrá darte herramientas, si las tiene después de dos años en paro y con pocas perspectivas de futuro. Y por el contrario, si tus padres tienen trabajo, una red de ayuda y apoyo en abuelos o tíos, o si tienes un grupo de buenos amigos, se puede reajustar la ausencia de un padre cabrón que rompió la balanza con su violencia.

En tiempos de incertidumbre, tal como en el que vivimos, en estos tiempos líquidos, en que todo nos influye y lo más adaptativo es ser cambiante, es más necesario que nunca pertenecer a sistemas que nos arropen. Hoy se nos ofrece un mar de posibilidades pero también de imposibilidades, un mundo que nos enriquece y nos empobrece a la vez, que nos aplana y nos homogeniza. Aprender a elegir bien adónde pertenecer parece la clave, negarse a pertenecer es imposible. El uno aún no está a nuestro alcance y no parece que tenga ningún interés en ser atrapado.