Mi madre me cuenta que fui creciendo dentro de ella muy deprisa. “Tenias tanta hambre siempre. Yo antes del embarazo comía poco para controlar mi peso, sin embargo a ti te gustaba el dulce, pedías chocolate a altas horas de la madrugada. También me pedías pepinillos, coles de Bruselas, y encurtidos varios, cuanto más fuertes mejor. Un día tu padre me llevó a un restaurante italiano y probé los ñoquis, desde entonces fueron tu plato favorito. Recuerdo devorar aquellas bolas de patata como si fueran las últimas en el mundo. En el séptimo mes de embarazo el ginecólogo se alarmó al subirme a la báscula, ya pesabas tres kilos y aún faltaban los dos meses en los que más se engorda, así que nos puso a dieta. Tú no parabas de moverte reclamándome tu premio, pero yo me mantuve firme, no quería tener una hija gorda como quería tu abuela”.

Mi madre pasó de las bolas de patata a la lechuga, pasando por un odio profundo a las coles belgas. Este es el primer dato de mi peso que tengo: tres kilos a los menos dos meses de vida y cuatro kilos con doscientos gramos al nacer. En mi cartilla del niño sano de la seguridad social, puedo ver mi peso desde el día que nací hasta los quince años. Calculo que me he subido a una báscula unas dos mil veces en mi vida, muchas más veces de las que me he subido a ningún hombre.

Mi madre me amamantó solo un par de meses. Mi hermano mayor tenía dos años cuando yo nací, los biberones los podía dar cualquiera, el pecho solo ella. Dice que no le supuso ningún dilema moral, que tenía que volver a trabajar y punto. Tuve una madre de los ochenta, de esas que querían ser como Melanie Griffith en Armas de mujer. Tomé biberón hasta que fui mayor, no daba tiempo al desayuno y una leche con cereales en polvo era lo mejor que mi madre podía hacer para no llegar tarde al trabajo. Mi desayuno hasta los cinco años fue un biberón con la tetilla cortada con tijera, tomado en la parte de detrás de un coche que olía a leche rancia. Hoy cuando tengo que beber leche, vomito de sólo pensarlo.

Mi padre me llevaba al campo en una mochila cuando íbamos a pasear. Recuerdo el día que me dijo: “hija ya estás mayor y me duele la espalda, creo que es momento que andes a mi lado, si te cansas pararemos un rato”.

Tengo una foto de aquel último día que mi padre me llevó en su espalda, me acuerdo que insistí en casa que quería pesarme, mi madre al día siguiente me dio una moneda para que me pesara en la farmacia. Catorce kilos y un metro con diez centímetros a los cuatro años. Entiendo lo de la espalda de mi padre. Desde ese día, convertí en costumbre pesarme en la farmacia cada vez que iba con mi madre o con cualquier adulto, la única que no me daba la moneda era mi abuela, que se empeñaba en decirme que no entendía la obsesión que teníamos mi madre y yo con pesarnos, que lo que tenía que hacer era comer para ser una mujer hermosa, ya que a los hombres no les gustan las escuchimizadas. Cuando mi abuela era la que hacía el biberón, le añadía una yema de huevo cruda, “para que crezcas bien moza”, me decía.

Durante casi diez años, de los cuatro a los trece, hice deporte cinco días a la semana. No tuve ningún problema ni de alimentación, ni de aceptación de mi cuerpo, o al menos no lo recuerdo. Mi madre compraba mi ropa, porque ir con ella significaba un drama en el coche de vuelta, al verse ella siempre mal con lo que se probaba.

Mis problemas empezaron cuando tendría unos trece años. Recuerdo escribir en mi diario las ganas tremendas que tenía de que me bajara la regla, como ya le había bajado a todas las chicas de mi clase. Todas llevaban ya sujetadores, se subían la cinturilla de la falda, los chicos les mandaban notitas y les levantaban la falda en el recreo. Yo era invisible para aquellos primeros amores platónicos, que no sabían ni como me llamaba.

Al fin, con catorce años un día manché el uniforme del colegio y todos los de mi clase se enteraron del acontecimiento. Pasé una tremenda vergüenza y me quedé en la cama tres días, diciendo a mi madre que me encontraba fatal. Me dejó sola tres días en casa, aún no había móviles y me llamaba cada hora para ver cómo estaba. Durante aquellos días pude hacer lo que me daba la gana. Iba al cuarto de mis padres y cogía los sujetadores de mi madre, me quedaban enormes y los rellenaba de calcetines simulando que tenía un enorme pecho delante del espejo. Quería ser una mujer, y lo que el espejo me devolvía era la imagen de una niñata delgaducha y penosa. Entre los sujetadores de mamá encontré una película porno, en la portada salía una mujer rubia con unas tetas como globos sacando la lengua de forma lasciva. Dos hombres la rodeaban por detrás con sus brazos, a ellos no se les veía nada.

Mi madre tenía una báscula en el baño, según ella marcaba dos kilos de más. A mis catorce años pesaba cuarenta kilos. Jamás he vuelto a ver esa cifra bajo mis pies, fue empezar a usar tampones y mi cuerpo se convirtió en mi mayor enemigo. En solo un curso, primero de BUP, me crecieron los pechos tanto que ni los sujetadores de mi madre me servían. Usaba un top deportivo que me apretaba el pecho, y sustituí mis camisetas de tirantes por camisetas holgadas que me tapaban hasta el culo. En el colegio dejé las clases de gimnasia, los maillots que usábamos sólo los hacían de tallas pequeñas, mis senos y mis muslos me hacían parecer a las hipopótamas de Fantasía que tanto me gustaban de pequeña, y que ahora odiaba con todo mi ser.

Me apunté a clases de balonmano. El primer día, el entrenador me puso de portera, dijo que era grandota y así podía parar más goles que Sara, la anterior portera, que era desmesuradamente alta para su edad, pero enclenque y delgada. Yo sin embargo, era alta y gorda, una especie de muro contra los balones, imposible traspasar a semejante bigarda. Usó esa palabra, que yo no sabía qué significaba, así que le pregunté a mi padre quien me dijo: “ni idea hija, lo único que sé es que eres mi bigarda favorita e iré a verte a todos tus partidos”. Y así fue. Aquel año ganamos el campeonato de Madrid y jugamos la final en Bilbao. Después de aquello, muchos chicos de mi clase se aprendieron al fin mi nombre.

De los catorce a los dieciocho años jugué al balonmano, odié a mi madre día sí y día también y amé a mi padre por venir a mis partidos. En aquella época conocí a Pedro, el primer amor de mi vida. Tenía un año más que yo y me llegaba por debajo del hombro, pero a él le daba igual que todos se rieran de nuestra extraña pareja. Un día me acompañó a pesarme a la farmacia y al subirme tapé la pantalla con mis manos. Pedro se subió por detrás y me dijo: “quiero saber cuánto pesa nuestro amor”. Yo le dije que el amor no se pesaba, a lo que él me respondió: “nada importante puede pesarse, y tú eres mucho más importante que la cifra que hay bajo tus manos”. Comenzó a besarme el cuello y tras unos minutos de besos primerizos, salió una farmacéutica del mostrador a decirnos que nos fuéramos a hacer cochinadas a nuestra casa. Qué agradecida he estado siempre, de haber iniciado mi vida sexual con un hombre que jamás me dijo o me sugirió que mi cuerpo fuera inadecuado.

Llegué a la mayoría de edad festejando con mis compañeras de clase la Nochevieja en un hotel con barra libre y cotillón. Fue una noche mágica al final, pero comenzó augurándose un desastre. Mi madre me había prometido que vendría conmigo el día antes a mirar vestidos. Fuimos a varias tiendas, y de cada cual salía más apesadumbrada: mis enormes pechos sobresalían de aquellos minúsculos vestidos de tirantes, mientras mis caderas evitaban el paso de la tela apretada, quedando encajada sin poder salir ni para arriba ni para abajo. Por fin encontré en una tienda un conjunto que no me estaba del todo mal, un cuerpo de terciopelo con unos pantalones de campana a conjunto. Allí es cuando un suceso puntal consiguió que, tras cuatro años de odio profundo, empezara a mirar a mi madre de otra manera. Estábamos en el cambiador, mi madre iba y venía de la tienda con diferentes prendas que yo iba tirando al rincón de aquel cuarto de tortura cada vez más impaciente, yo solo quería que fuera dos de enero y enfundarme en mis jerséis holgados.

Miré la montaña negra de ropa con etiquetas, y quise acurrucarme en ella para convertirme otra vez en una niña despreocupada de su físico. Mi madre con su habitual discreción, corrió las cortinas de un solo gesto, no sé que debió ver, pero me dijo: “cariño, ¿qué tal si mejor te pones un conjunto de pantalón? “, y me mostró colgado el dos piezas que acabaría comprándome. “Es hora que aceptes tu cuerpo, yo nunca lo hice y verte así, tan joven, tan guapa y llena de vida me da mucha envidia. Eres preciosa hija, no permitas que un número en una báscula o en una etiqueta te quite las ganas de divertirte. Irás a esa fiesta y a muchas más”. Tras esto, me empujó y se puso ella frente al espejo: ” Yo no he conseguido aceptar esto” decía mientras se tocaba sus caderas, “esto menos” me decía mirándome a través del espejo cogiéndose los michelines. “Ahora tengo cincuenta años y tengo que aceptar todo esto” dijo con voz lastimera tocándose la cara. A mí el rostro de mi madre siempre me había parecido precioso. “Mira hija, soy una vieja llena de arrugas y con cara de cansada. Observa mi pelo, yo antes lo tenía tan bonito como el tuyo, negro, fuerte y largo. Hija por dios no seas como yo, acéptate, quiérete, nadie va a verte bella si tú no lo haces”. Me dio un abrazo y se puso a llorar. En ese momento sentí su fragilidad, supe que ella también sufría y que en mi pesar, veía el suyo propio. La eché del vestidor en cuanto pude deshacerme de sus brazos, me pareció que aquella escenita tenía un final, a veces la mujer se pone demasiado sensible. Al fin salió fuera, pero no dejó de mirar por la rendija de la cortina cómo me probaba el conjunto. Enseguida vio mi cara, “mamá joder, me has traído una talla demasiado grande, ¿me estás llamando gorda o qué?” le dije con tono de fastidio. La parte de arriba me estaba bien, sin embargo el pantalón era una talla más que la mía. Escuché como llamaba a una dependienta, “niña, ¿puedes venir? “. Mi madre llama niña a cualquiera que no tenga la edad de mi abuela. Una dependienta cansada de serlo, vino y se asomó tras la cortina. “Una talla menos le va a estar muy apretada, pero si quiere se la traigo”, dijo mirándome a mi y a la montaña de ropa con cara de asco. Mi madre la miró con su mirada altiva de mujer que, aunque no le gusten sus arrugas, sí se gusta en su papel de madura interesante sin filtro alguno. “No te he pedido tu opinión, sólo te he dicho que traigas una talla cuarenta a mi hija”, le espetó. La dependienta volvió en un abrir y cerrar de ojos con el pantalón en la mano, cuando iba a abrir la boca mi madre le dio las gracias quitándole la prenda sin mirarla. Efectivamente era mi talla, “un poquito apretada la cintura, pero la abuela te puede correr el botón” dijo mamá. Salí de esa tienda sintiéndome mejor, no es que sólo por aquello comenzara a aceptar mi cuerpo por siempre jamás, pero sí me vi guapa tras cuatro horas de búsqueda infructuosa. Además mamá me compró un tanga, un sujetador de encaje y maquillaje del caro.

Al llegar a casa de mi abuela, ella ya nos esperaba con su costurero fuera, parecía como si supiera que las dos mujeres de su vida la necesitábamos más que nunca y ella estaba preparada para remendar inseguridades. Efectivamente, al correr el botón el pantalón me apretaba menos, así podría comer sin reventar el exquisito pavo con salsa de ciruelas que ya se estaba cocinando en el horno. ¿Cómo entrar en una talla treinta y seis cuando tu abuela cocina como los dioses?.

Aquel fin de año fue inolvidable. Hasta mi hermano reparó en mi figura, diciéndome que estaba muy guapa. Jamás le había escuchado decir algo así sobre mi físico. Nos sentamos a la mesa toda la familia y la nueva novia de mi hermano, que era la guapa de mi curso. María de la Torre, una rubia que había repetido y que no me dirigió la palabra hasta aquella noche, que se enteró de que era hermana de su nuevo flamante novio. Yo no sabía que venía, y al principio me fastidió que me quitara el protagonismo. Mi padre la miraba con los mismos ojos con los que miraba a mi profesora de gimnasia y a la vecina del quinto. Ese mirar de los hombres entre fascinación y babeo, la cara de un perro ante un filete de solomillo sangrante. Solo mi abuela en un viaje a la cocina se atrevió a decir: “solo huesos y nada donde agarrar, si tu abuelo viviera le llamaría cuerpo triste. ¿Sabes cómo me llamaba a mí? Cuerpo serrano. No sabes las cosas que me hacía tu abuelo en la cama, eso sí que era un hombre. Cuánto le echo de menos coño”. Imaginarme a mis abuelos en la cama me produjo un escalofrío por toda la espalda, tanta información íntima no era necesaria para animarme, sólo con lo de cuerpo triste habría bastado.

He construido mi relación con mi cuerpo a partir de números, espejos y miradas ajenas. Miradas de mujeres, algunas con lástima al verse reflejadas en un sufrimiento común como mi madre. Miradas de mujeres cuyas circunstancias históricas las alejaron de ni siquiera mirarse como mi abuela. Miradas cómplices de mujeres que tampoco saben cómo aceptarse, y comparten esa extrañeza de someterse demasiado al otro. Sara, demasiado alta y desgarbada, que trataba de engordar comiéndose cinco donuts en el recreo y superó sus inseguridades sumergida en apuntes y libros que hoy, le han convertido en una de las mejores pediatras de la sanidad pública. María, a quien mi hermano dejó por otra más joven, pero que siguió siendo mi estilista y profesora de maquillaje durante años. La dependienta, que hoy es una nutricionista Instagramer que come carne roja a escondidas. La actriz porno, cuyo final nunca sabré.

También miradas varoniles como la de Pedro, cegada de amor del bueno. La mirada esquiva de mi padre por pudor o indiferencia, pero transformada en miradas a mi interior, hoy más bello gracias a él. Muchas no miradas como la de mi hermano, que hoy supero devolviéndolas con su misma indiferencia, la de aquellos que sólo miran por fuera. Miradas que te hacen mirar a otros lugares, como la de mi entrenador de balonmano, que me hizo ganar una medalla de plata y ponerme un nombre. Miradas sin alma como la del ginecólogo de mi madre, que me puso a dieta antes de nacer y me hizo odiar todo lo que sea de color verde. Y mi propia mirada, construida con las de los demás y un toque propio, que me hace ser única ante el espejo. Espejo que hoy me devuelve un cuerpo que otra vez se transforma y metamorfosea, espero un niño o niña que crece rápido en mi vientre. Ojalá le miren más ojos buenos que malos, ojos con gafas de tolerancia, ojos bizcos de amor, ojos humanos de carne y hueso. Espero que en su vida haya una Sara, un entrenador y pocas dependientas. Por mi parte trataré de darle las herramientas para poder ponerse la gafas de la indiferencia ante los insultos, y sobre todo, la habilidad para quitárselas y mirar lo importante, que creo que es lo que falta para dejar de mirar tanto al cuerpo, excesivamente presente en forma de números, espejos y miradas.