La literatura y en especial los clásicos, han dado nombre a diferentes síndromes psicológicos. Existe el síndrome Stendhal, para referirse a los mareos y vértigos que el literato francés que acuña su nombre, sintió ante demasiada belleza en sus viajes por Italia. El síndrome Munchausen, consistente en autolesionarse para llamar la atención de los demás, o el síndrome Peter Pan, que padecen aquellos que alargan su infancia en demasía. Como no podía ser de otra manera, se ha descrito el síndrome Anna Karenina, el sufrido por aquellas mujeres que, cegadas por su pasión hacia un hombre, abandonan toda su vida anterior para marcharse con su amante. Este síndrome describe a mujeres celosas que pierden el sentido y rozan la locura volviéndolas obsesivas y destructivas.

No abro debate de si Anna Karenina es una historia de pasión más que de amor, o de si en realidad toda la locura de Anna no es más que el mismo pecado que cometió Narciso, ahogarse en el reflejo de verse amando, enamorarse de su propio enamoramiento más que del amado mismo. Lo interesante de Anna es que en ella cabemos todas y todos, porque ella, a pesar de que ha sido usada para describir un síndrome absurdo, en su origen es una mujer compleja, descrita y creada por el que sin duda es uno de los mejores narradores de la complejidad humana. Por fortuna Tolstoi no metió a Anna en una pequeña caja de cerillas, tal como lo hace la horrible palabra síndrome.

En tiempos de diagnósticos donde un positivo en Coronavirus te envía a casa con una etiqueta pegada en la frente, esta sociedad nuestra se empeña en simplificarnos con nombres inquietantes: “señor Pérez, usted tiene Alzheimer”. Y al señor Pérez más le vale olvidarse hasta de su nombre, ser un viejo gruñón, y cagarse en los pantalones. Y qué me dicen de la señora García, diagnosticada de depresión. Un día en un cumpleaños soltó una carcajada y sus hijos alarmados fueron a quejarse a su médico de cabecera: “doctor Serafín, usted nos dijo que nuestra madre era depresiva y resulta que ayer rió ante un chiste, vamos a denunciarle por su negligencia, el DSM-IV (la biblia de los trastornos mentales) dice que los depresivos no sonríen”. Y la señora Pérez por no llevar la contraria a su diagnóstico, jamás volvió a reírse de un chiste, salirse de la caja le hubiera costado aceptarse como algo más que un pobre mujer depresiva.

Hoy está muy mal visto cambiar de equipo de fútbol, de doctrina o de partido político; díganselo a los periodistas de izquierdas, que se le ocurra a alguno decir que está en contra de alguna medida del gobierno, o imaginen a un católico a favor del aborto, estaría de inmediato fuera del reino de los cielos. Andamos por la vida llenos de pegatinas que nos clasifican, la mayoría impuestas por otros, donde somos buenos o malos según nos hayamos comportado en un momento determinado, ricos o pobres según el color de los números de nuestra cartilla, de derechas o de izquierdas según la tela de nuestros pantalones.

Esta ansia por simplificarnos, por describirnos en un par de frases, siempre es dañina, pues nos reduce a casi nada, pero es sobre todo maligna y empobrecedora cuando lo hacemos con niños o adolescentes. La pegatina TDHA para el niño toca cojones, la del autismo puesta con demasiada premura, la del disléxico para el que no lo pilla a la primera. Los diagnósticos son cajas demasiado pequeñas para ellos, pero tremendamente rentables para las farmacéuticas. Como de forma brillante defiende en su libro ”En la infancia los diagnósticos se escriben con lápiz” Gisela Untoiglich, nuestros niños tienen demasiada vida por delante para usar la goma de borrar las veces que se les cante, el bolígrafo puede tacharse y el Tipex puede teñirlo de blanco, pero el pegote que queda, será más difícil de borrar. Más gomas Milán y menos patologización de la infancia y la diferencia.

No deberíamos permitir que en todo momento pongan una descripción a lo que somos, y aunque ciertos diagnósticos calman nuestra incertidumbre y nos guíen hacia una mejora, la mayoría de las veces hacen el efecto contrario: dan pie a quien lo recibe a actuar tal y como dictan sus síntomas, lo que nos hace sufrir acaba siendo un pretexto para no intentar cambiar: “¿cómo va a hacer deporte mi hijo si tiene asma o va a ir a un colegio normal un niño con problemas de aprendizaje? Cada uno en su cajita, no vaya a ser que alguno la abra y encuentre un mundo con demasiadas posibilidades.

Pero entonces, ¿cómo calmar esa incertidumbre que provoca el niño que no entiende, la mujer que no es feliz a pesar de tener todo, o el hombre exitoso en su trabajo pero tremendamente agobiado? Por supuesto habrá que describirles, buscar el (los) motivo (s) de su desdicha, pero será mejor hacerlo desde un relato subjetivo, desde un viaje a las profundidades de su alma, desde una narrativa compleja tal y como hace Tolstoi con Anna.

Eso es Anna Karenina, un diagnóstico de más de mil páginas para describir a una persona, con sus detalles y contradicciones, con miradas con lupa en su totalidad y su individualidad como mujer, una descripción cuidada como todos merecemos, casi una investigación científica de cada emoción que ha ido sintiendo en su vida. Así es como Tolstoi describe a sus personajes, no solo a Anna, sin juicios de valor ni palabras simples, sino con un lenguaje rico que le otorga el derecho a crear un diagnóstico con tinta, tan profundo y acertado, que convierte a sus personajes en casi arquetipos. Y digo casi porque mientras estemos vivos (y los personajes de una obra maestra lo están eternamente) podemos seguir cambiando, escribiendo nuevos capítulos y reescribiendo otros.

No permitamos que nuestra vida sea un librillo de dos páginas grabado a fuego. Sé tu propio Tolstoi, y selo de las personas a las que amas. No encajes a nadie con demasiada premura ni permitas que lo hagan contigo, y sobre todo no lo hagamos con los niños y adolescentes, seres cambiantes donde los haya, no permitamos que se describan desde sus síntomas como el niño que le dijo a su nueva profesora: “hola, soy Juan y soy celiaco, lo siento pero mi enfermedad no me permite dibujar magdalenas”. Y hablando de magdalenas, ¿cuánto ocupó Proust en describir las sensaciones que le evocaban comerse una? Siete libros eternos.

De acuerdo, ninguno de nosotros somos Proust, Tolstoi o Cervantes, pero nadie mejor que nosotros mismos conocemos nuestra historia y nuestras complejidades, y quién mejor que tú mismo puede relatarte sin caer en estereotipos limitadores.

La caja que Tolstoi diseñó para Anna era compleja, un laberinto de emociones descrito de forma magistral. Sin embargo su ensimismamiento en su propio sufrimiento, la hipócrita sociedad Rusa y un no amor enfermo e inadmisible, redujeron su caja hasta asfixiarla, tanto que al salir lo único que pudo hacer fue tirarse a las vías del tren. No imitemos a Anna en su forma de amar ni de morir, menos mal que hoy los trenes contienen tecnología para frenar ante los desesperados, pero sí a su creador en su forma de narrarla. Hazte una caja (o un poliedro) a tu medida, que no sea demasiado incómoda (coloca a los que te quieren en los vértices que más duelen) pero tampoco demasiado cómoda, pues te evitará salir y por ahora señoras y señores, los mejores libros se venden ahí afuera (aunque siempre los podrás comprar por Amazon).