Menos mal que nos queda Greta, o quizá no, porque ni si quiera con ella se ha respetado la vulnerabilidad propia del viaje a la adultez, y en vez de fijarse en su mensaje incontestable, el ojo se ha puesto en matar a la mensajera.

La palabra adolescente proviene del verbo latino adolescere, que significa crecer, desarrollarse. Sin embargo, es una palabra que quizá por su similitud con una que nombra algo negativo, adolecente (el que adolece, es decir sufre) o bien por el imaginario colectivo, a los designados no les gusta ni un pelo. Llama a una chica de dieciséis adolescente, a ver qué te contesta (si es que lo hace). Los ingleses llaman a este grupo de entre los trece y los diecisiete años teenagers, o su abreviatura teens. Es un adjetivo neutro, no designa nada más que la edad que tienen, en castellano podríamos equipararlo a quinceañero, que suena mejor pero sería inexacto para otras edades distintas (¿treceañeros?,

¿dieciséisañeros?). El diccionario no deja mucho margen con los sinónimos: mozo/a, muchacho/muchacha, zagal/¿zagala? Creo que a los interesados les va a sonar a la Edad Media. También son sinónimos de adolescente pollo (nada que decir del femenino), joven (confunde con una etapa posterior) o púber (confunde con una etapa anterior a la adolescencia, la pubertad). Parece difícil buscar alternativas.

No obstante y sabiendo que es un error de lectura, los adolescentes adolecen, lo hacen por pura definición del tránsito que están viviendo, están atravesando una crisis vital, quizá la más intensa de su existencia y no hay crisis sin dolor, sin duelo y sin incertidumbre. Son pesados, pasan de la alegría al llanto sin motivo aparente, corren riesgos innecesarios y producen verdaderos huracanes en familias desconcertadas ante el sorprendente cambio de su hijito.

Los padres de adolescentes dicen frases como “me han cambiado a mi hijo” u/y “ojalá que esto pase rápido”. Es habitual escuchar a los adultos decir: “los adolescentes de hoy no respetan a los mayores”. No les falta razón, sobre todo cuando los adolescentes que nos presentan los medios de comunicación masiva, son niñatos que ni estudian ni trabajan, muchas veces violentos, consumidores sin control de drogas y alcohol, fiesteros sin otro interés que el de salir el fin de semana (Mari Carmen, Mari Carmen, tu hijo está en el after hour). Menos mal que nos queda Greta, o quizá no, porque ni si quiera con ella se ha respetado la vulnerabilidad propia del viaje a la adultez, y en vez de fijarse en su mensaje incontestable, el ojo se ha puesto en matar a la mensajera (aunque cada viernes se hace patente que está bien viva).

Padres y madres de adolescentes, efectivamente os han cambiado a vuestro hijo. Su transformación ha comenzado con la pubertad, la llamada preadolescencia, donde los cambios primeros son los corporales. Pero no es que a vuestro hijo le hayan abducido unos extraterrestres y hayan cambiado a vuestro adorable Miguelito por un púber con granos y gallos en su voz, Miguelito ahora es Miguelón y es un chulo y un desobediente. El cambio que está sufriendo vuestro hijo nada tiene que ver con platillos volantes, el cambio que luego generará todos los demás, proviene de su interior, de su cerebro. Padres de adolescentes, hay buenas noticias para vosotros (y para todos los que convivimos con ellos o nos tocará serlo en el futuro). Vuestros hijos no son contestones, prefieren a sus amigos antes que a vosotros y hacen locuras sin pensar las consecuencias porque sí, si no porque la máquina que les da órdenes, su cerebro, está funcionando como corresponde en esta travesía.

EL CEREBRO ADOLESCENTE

Los investigadores más punteros del cerebro adolescente, han descrito el funcionamiento cerebral en esta época de la vida con teorías que despiertan esperanzas. Parece que el cerebro adolescente es especialmente sensible y adaptativo y está perfectamente preparado para ayudar a vuestros chicos a abandonar el hogar y salir al complejo mundo que les espera.

Tendemos a poner el foco en los aspectos negativos de esta época, pero en realidad, son las características positivas las que más les definen. La búsqueda de emociones fuertes (que también nos gusta a los adultos) alcanza su máxima expresión a los quince años, y esta búsqueda aunque puede resultar peligrosa, tiene más aspectos positivos que negativos: permite a los chicos leer más allá de lo establecido, hacerse preguntas, ahondar en las relaciones nuevas. Está más que demostrado que la amistad y el descubrimiento del mundo producen felicidad, aumentan la autoestima y mejoran la salud. En cuanto a la propensión de asumir riesgos, las investigaciones indican que no es debido a que no vean los peligros (son conscientes de su mortalidad) si no porque dan más importancia a la recompensa que a las consecuencias posibles.

Fisiológicamente, la adolescencia se caracteriza por una sensibilidad máxima del cerebro a la dopamina, un neurotransmisor que activa los circuitos de gratificación e interviene en el aprendizaje de pautas y la toma de decisiones. Esto contribuye a explicar lo rápido que aprenden los jóvenes y su extraordinaria receptividad a la recompensa, así como también explica sus melodramas a lo Romeo y Julieta.

El cerebro adolescente también es sensible a la oxitocina, otra hormona neurotransmisora, que entre otras cosas hace más gratificantes las relaciones sociales. Eso explica que los adolescentes prefieran la compañía de sus coetáneos más que en ningún otro momento de su vida.

Esta atracción por sus iguales, es debida en parte a la búsqueda de novedad, pero sobre todo, cumple una función adaptativa: invertir en el futuro. Relacionarnos con los que serán los que “dirijan” el mundo cuando crezcamos, nos acercará al éxito. Por ello, ser rechazado a estas edades es tan estresante (no ser invitados al baile supone para ellos una amenaza real a su existencia).

¿QUÉ PODEMOS HACER COMO PADRES?

Aunque la explicación biológica nos de esperanzas, como padres ¿qué se puede hacer?, parece que si la biología manda, poco podremos ayudar. Sin embargo esto no es así, los adolescentes necesitan las figuras paternas en muchos aspectos y múltiples estudios demuestran que los jóvenes que son apoyados por sus padres en este proceso, tienen mayor éxito en el futuro.

Los padres de adolescentes se convierten en esta época en equilibristas, caminando entre los límites y las negociaciones sobre la hora de llegada, la vestimenta de sus hijos y las horas dedicadas a los estudios. En una época en la que se necesitan pautas, éstas no existen. Además, ser padre de un adolescente enfrenta al adulto a su propia crisis vital también, la crisis de saber que ya su tiempo no es abierto (que ellos crezcan significa que nosotros envejecemos), la crisis de pensar si lo hemos hecho bien con ellos, el miedo a lanzar al mundo a nuestro pequeño niñito (se acabó el hijo ideal), y la crisis de saber que ya no seremos más los únicos que tomaremos decisiones por ellos. En vez de angustiarse, parece buena idea revisar nuestra propia adolescencia, transmitiendo a nuestros hijos que también pasamos por aquello. Incorporar lo que nos sirvió en aquella época ya lejana en la educación de nuestros hijos, y admitir ante ellos los errores cometidos, les harán vernos como padres reales. Tratar de imponer patrones anticuados (yo a tu edad no iba a ninguna parte) no conectará con ellos, creerte un adolescente más (la figura del padre amigo) puede hacerles pasar una tremenda vergüenza, y a ti un doloroso lumbago al tratar de hacer twerking (y una especie de asco-gusto hacia el omnipresente reggaeton).

Además de equilibristas, los padres tendrán que hacer de guerreros. Los adolescentes necesitan bronca y debemos estar ahí para confrontarles cuando sea necesario. Como decía Cervantes, el hombre necesita un poco de lucha. Así que démosles cera, pero no sacando un arma más grande que la suya, si no poniéndonos un chaleco salvavidas y tratando de argumentar al enemigo. Un padre que se pone a la altura de los gritos de su hijo solo va a conseguir ruido, uno que no le enfrente jamás, sólo conseguirá silencio. El ruido y el silencio son necesarios a veces, pero no deberían ser las maneras cotidianas de enfrentar a nuestros quijotes con granos. Permitámosles el silencio, que cierren la puerta de su cuarto, o la forma más común ahora de aislarse, navegar por la pantalla del móvil. Pero saquémosles de ahí a menudo, y tratemos de no hacerlo con gritos (harán que suban el volumen), si no dándoles razones potentes para abandonar su silencio. Además de equilibristas y guerreros parece que también hay que ser artistas, ser creativos inventando maneras de llamar su atención en función de los valores, principios y gustos de cada familia.

Habrá que ocuparse de ellos y de nosotros mismos (es cansado), preocuparse por ellos cuando el ruido o el silencio son continuados o peligrosos (ruido no solo en los gritos, también el ruido que hacen las señales en el cuerpo autolesionado en forma de vómitos, heridas provocadas o atracones calmantes y luego culpables) o el silencio cuando duele demasiado (la ausencia de amigos, de referentes, el aislamiento y la tristeza que no cesa).

Los padres de los quinceañeros tiene un arduo trabajo que hacer, y aunque sea temporal (menos mal que pasa, no hay guerra eterna), saber que los aspectos y los motivos por los que son como son resultan mucho más positivos que negativos, puede transformar una amenaza en una oportunidad. Aprender de las broncas (tienen mucho que enseñarnos), revivir nuestra adolescencia (quién no ha hecho alguna locura a los dieciséis años), conocer a sus amigos (son con quien más tiempo y confidencias comparten), reconocerles la valentía de salir a un mundo incierto (sin adolescencia igual el hombre seguiría en las cavernas) y envidiarles por su amor a la verdad y su implicación en causas justas (son removedores de conciencias muy eficaces).

Deberemos alertarnos ante los peligros reales (los accidentes de tráfico y los suicidios son de las primeras causas de muerte en estas edades, la ingesta de alcohol y drogas el mayor problema asociado a este grupo de edad). No funciona ignorar los peligros, tampoco maximizarlos creando adolescentes temerosos. Ante las dificultades, es bueno buscar apoyo en otros que puedan ejercer el bien en nuestros hijos: educadores, expertos, sanitarios, amigos cercanos, padres de sus amigos y familiares. La tribu ahora se necesita más que nunca.

PADRES CREATIVOS

Sobre todas las cosas, y como buen remedio a la ausencia de fórmulas milagrosas, debemos ser creativos sin renunciar a los valores que cada familia tenga. Habrá que diseñar un plan de acción que les implique y les tenga en cuenta. Como adultos ya sabemos que la vida es compleja y dura, ellos deben vernos como figuras de contención que ya libramos más batallas que ellos y podemos aportarles mucho a su recién inaugurada vida de luchadores. Es la época de cambiar las lecciones desde el púlpito por las conversaciones desde la experiencia, la verdad y el amor. Se necesita creatividad, mucha. ¿Pero quién es más creativo que mamá o papá (y todas sus variaciones) que llevan años contándoles a sus hijos que cada cinco de enero vienen tres hombres en camello, entran por la ventana y les traen sus deseados juguetes? Lo del ratoncito Pérez y su casa construida con dientes ya es de matrícula de honor en creatividad.

Ahora habrá que crear nuevos relatos sin personajes mágicos ni fantasía, incorporar nuevos protagonistas más mundanos, pero con verdaderas ganas de enfrentarse al mundo. Será algo así como pasar de Los hermanos Grimm a Benedetti, y si queremos mantener algo de magia, siempre es recomendable pasar de vez en cuando por Gabo. Seguro que a él se le ocurriría un nombre genial.