Las relaciones superficiales aquí llamadas líquidas (en honor a Zygmunt Bauman y su concepto de amor líquido) , son aquellas en las que sus miembros (o uno de ellos) huyen despavoridos de la intimidad y la dependencia. Relaciones basadas en la superficialidad y la apariencia, que priman la individualidad de cada miembro de la pareja sobre el vínculo íntimo y complejo. Son relaciones que vemos todos los días en las que el ghosting (desaparecer sin dejar rastro) , el cambio de pareja y la corta duración de la relación es lo primordial. Hoy estamos bien, de mañana ni hablamos. Basadas en teorías superficiales que animan a las personas a ser independientes y únicas, y a que huyan de personas tóxicas dependientes y demandantes. El mensaje que cala (cada vez más) es el de vivir en el aquí y el ahora, ser líquidos porque mañana no existe, seamos plásticos y cambiantes, huyamos del compromiso, no cedamos terreno a nadie que no nos deje ser nosotros mismos a todas horas. Estas teorías y nuevos modos de relacionarse, no son buenos ni malos por sí mismos, pero si son tomados de forma simplista y se convierten en la única forma de relacionarnos, causan mucho dolor y una sensación de vacío enorme.

SER INDEPENDIENTE NO ES LO MISMO QUE SER INDIVIDUALISTA. 

Las teorías del apego de Spitz, Bolwby o Cyrulnik, la construcción del psiquismo humano de Margaret Mahler, los estudios sobre  la relación madre e hijo de Winnicott y las numerosas teorías evolutivas humanas, están de acuerdo en algo muy básico: necesitamos a otro que nos reciba al nacer para sobrevivir. Pero no solo servirá con que nos alimente, tendrá también que amarnos, y hacerlo de forma íntima. El vínculo que necesariamente se debe establecer entre una madre y un bebé  es primariamente dependiente, y deberá evolucionar hacia la autonomía , que permitirá al bebé salir al mundo y explorarlo. Sin una primera fase de fusión con nuestro/s cuidador/es no sobrevivimos y  sin una evolución hasta la propia autonomía, no sabremos relacionarnos de forma compleja con el mundo. Una vez construidos los cimientos, ya seremos  “libres” para afrontar la vida.

Dependencia e independencia no son polos opuestos en nuestra evolución, uno mira al otro, se regulan y se necesitan mutuamente . Apelar al individualismo como rechazo a la dependencia es simplificar mucho cómo somos los seres humanos. Obviando que las relaciones dependientes maltratantes, que impiden la autonomía y nos mantienen enganchados a relaciones de poder y sumisión son tremendamente tóxicas, las relaciones extremadamente individualistas, en las que el otro no cuenta, son igual de tóxicas y contrarias a cómo los seres humanos hemos sobrevivido. De las sabanas salimos uniéndonos a nuestros congéneres, como malos depredadores que éramos, necesitamos juntarnos en grupo para no morir de hambre. La dependencia y lo colectivo nos han librado de la extinción, mientras que la autonomía y la independencia nos han librado de la tiranía y convertido en una especie creativa y diversa. Transitar en la balanza inestable entre depender y no hacerlo, parece la versión más humana de nosotros mismos.

SAR AUTÉNTICO NO SIGNIFICA SER IDENTITARIO.

Ser tremendamente cambiante según con quién estoy construye falsas identidades, nos somete al otro en demasía y hace que no vivamos la vida con nuestra propia perspectiva. La dependencia excesiva en la mirada del otro nos convierte en personas con una baja autoestima, demasiado asustados ante nuestras interpretaciones del qué dirán y nos mantendrán siempre alerta para convertirnos en lo que el otro espera de nosotros. En el lado contrario están los supuestos ganadores, aquellas personas con un amor propio que si pudieran se clonarían, personas que, en pos de ser genuinas y únicas, priman la originalidad y la defensa del “yo soy así y así seguiré, nunca cambiaré” sobre el respeto y el amor por el otro.

En determinados momentos, ceder ante el otro nos convierte en personas tolerantes y respetuosas, y por qué no, nos permite avanzar a mejor, tomando consejos y nuevas perspectivas del mundo, pero reivindicar nuestra postura también es necesario a veces, ya que refuerza nuestro amor propio y la confianza en nosotros mismos.

Construir una personalidad rígida e impermeable a nuevas miradas, nos convierte en identitarios incapaces de sentir empatía y crear relaciones que nos nutran, rodeándonos solo de aplaudidores. Construir personalidades demasiado permeables en las que tememos ser nosotros mismos, es agotador e irritante. Difícil y necesario balanceo entre ser uno mismo o ser quien quieren que seamos para ser queridos.

¿LÍQUIDO O SÓLIDO?

Las relaciones profundas precisan de tiempo, esfuerzo y decepciones. Necesitan superar retos y conflictos que a veces no merecen la pena. El esperado divorcio, el feminismo, el alargamiento de la esperanza de vida, proponen unas formas de amor menos impuestas, que nos permiten ser más libres para acabar con lo que ya no funciona. Aguantar en una pareja insulsa, sin sexo ni conversación, o lo que es peor, en una pareja dañina en el que el maltrato es el día a día, es tóxico y matador. Pero pasar al lado opuesto ( qué rápido se descarta lo viejo en vez de hacerlo mejor)  es igual de peligroso y cansado.

En las relaciones fluidas, líquidas, efímeras o el nombre que quieran ponerle, el esfuerzo es inmenso:  tienes dos minutos de mi atención para seducirme, y una sola vez en la cama para ver si somos compatibles.  Gana el escaparate, y la calle está llena de tiendas. Hay que estar informado, guapo, delgado, chistoso y encantador todo el tiempo.  Maquillarse con tutoriales, perder dos horas haciéndose fotos para subir una historia de tan solo 24 horas de duración. Leer todos los tuits  y la parte de detrás de los libros más vendidos, ir al gimnasio, pasar por la tortura de las pestañas postizas, el bótox, o el viaje a Turquía. Deslizar el dedo hasta que se te duerma haciendo match.  El tiempo aquí está dedicado a uno mismo, las decepciones y el conflicto también.  En estas relaciones a lo “Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como”, hay que hacer un máster en marketing personal donde aprender a definirse a uno mismo, tus deseos y lo que esperas en la vida con un elevator pitch súper currado,  y un story telling que deje la boca abierta. Y todo para darse cuenta pronto de que somos productos con obsolescencia programada.

Otra vital balanza en la que en el centro está la virtud. No podemos ser profunditos hasta con el panadero, pero crear solo relaciones sin compromiso ni interés por conocer al otro de verdad, verle y mirarle (y ser mirados) de forma compleja nos aleja de nuestra esencia.

¿QUIÉN ES EL TÓXICO?

Las relaciones líquidas no son solo una moda de un mundo posmoderno basado en las demandas del mercado , sino que son muchas veces, el resultado de un tremendo miedo a una intimidad que aterra, porque cuando la tuvimos dolió demasiado o porque no tenerla en el pasado nos escindió. Sin embargo, los estudiosos de la formación de vínculos en nuestra especie son claros: necesitamos depender de otro al nacer, sino morimos. La intimidad, el ser visto por nuestros cuidadores de forma compleja y única nos construye y nos permite ser completos. Será más fácil disfrutar de una relación íntima si antes la recibimos en casa, pues es donde aprendemos a amar.

El ojo quizá, deba ponerse en con quién creamos relaciones de un tipo u otro. Podremos equivocarnos, aprenderemos de ello y seguramente por un tiempo tras una ruptura necesitemos un poco de superficialidad, o tras mucha superficialidad necesitemos después una relación de más compromiso. Lo más importante es respetar nuestros tiempos y momentos, y también los del otro, que quizá no coincida con nuestras preferencias. Ser tóxico no será entonces buscar unas relaciones u otras sino más bien, no tener en cuenta al otro que tenemos enfrente. ¿Tóxico? Aquel cuyo único amigo es el espejo. ¡Oh Narciso!.